miércoles, mayo 17

Los partidos y sus bases, Francesc de Carreras

11/05/2006
La posición de Esquerra Republicana en el próximo referéndum sobre el nuevo Estatut de Catalunya ha sido tomada, al parecer, bajo la presión de sus bases, es decir, de sus militantes más activos reunidos en asamblea. En efecto, consultadas estas bases, la dirección del partido ha rectificado posiciones anteriores y ha decidido recomendar el no. A raíz de esta controvertida decisión, se ha desatado una interesante polémica sobre la democracia en los partidos que puede plantearse en torno a un interrogante: ¿el mejor modelo de partido es aquel en el cual las bases participan directamente en la toma de decisiones importantes o bien ello propicia que se adopten decisiones políticamente inmaduras que le llevarán a incapacitarle como partido de Gobierno? Lo que se debate, en realidad, es si el grado de democracia de un partido se mide por la forma directa o indirecta, asamblearia o representativa, de la toma de decisiones. En realidad, la polémica nos retrotrae a un antiquísimo debate sobre los diversos métodos de participación política. Tan antiguo que sus orígenes se remontan a la Grecia clásica. El modelo de democracia instaurado por Clístenes y, sobre todo, por Pericles, en la mítica Atenas, se basó fundamentalmente en dos principios: la participación directa y la igualdad entre ciudadanos. Ello suponía que era una asamblea, en la que todos podían participar en condiciones de igualdad, la que ejercía el Gobierno. El ciudadano participaba directamente y su poder era indelegable. Este modelo de democracia fue, sin embargo, una excepción en la Grecia clásica: las formas de gobierno más habituales fueron la monarquía y la aristocracia, que desembocaban, a menudo, en despotismo y oligarquía. Platón y Aristóteles, como es sabido, se declararon partidarios de las formas aristocráticas y fervientes antidemócratas. Tampoco en los siglos posteriores, hasta llegar a la actualidad, la democracia directa, entendida al modo de Pericles, ha tenido mejor suerte. Tuvo una breve efectividad en algunas ciudades italianas renacentistas y en los primeros meses de la revolución bolchevique. Escasísimos han sido los pensadores políticos que la han defendido: Rousseau, ciertas tendencias anarquistas y poco más. El tipo de democracia que ha triunfado es la indirecta, la representativa. En este modelo, los ciudadanos escogen a una minoría para que actúe en su nombre y defienda sus intereses. Esta delegación de los ciudadanos en el ejercicio de las funciones de Gobierno es debida, según un clásico como Benjamin Constant, a que el común de los mortales no quieren o no pueden ejercerla por sí mismos, dado que no se consideran suficientemente capacitados para ello o prefieren dedicar su tiempo a otras cosas. Constant considera que los individuos desean dedicarse, preferentemente, a sus asuntos privados y, además, son conscientes de que no tienen suficientes aptitudes y conocimientos para defender con eficacia sus propias ideas e intereses. Por consiguiente, la mayoría de los ciudadanos se inclina por no participar directamente en política y decide depositar su confianza en los políticos, es decir, en los expertos en gestionar la cosa pública, a los efectos de que actúen en su nombre, convencidos de que éstos lo harán mucho mejor que ellos mismos. El proceso representativo va encaminado, precisamente, a este fin: designar a especialistas de confianza para que resuelvan adecuadamente los asuntos públicos, a la manera como uno decide ir al médico o al abogado para que le resuelva los problemas propios que él es incapaz de solucionar. Nuestro sistema democrático se basa, preferentemente, en la democracia representativa. La alternativa de la democracia directa ha resultado utópica por la insalvable dificultad de aplicarla a un Estado tan amplio y complejo como el actual. Ahora bien, esta conclusión no puede aplicarse mecánicamente a los partidos políticos porque la gestión de los partidos es mucho menos complicada que la de los estados. Además, tampoco puede decirse que la democracia representativa en los estados funcione muy bien. Muchas son las dificultades que se interponen a una fluida participación de los ciudadanos en un Estado democrático representativo: es cada vez más palpable la distancia entre ciudadanos y políticos. Entre las imperfecciones de la democracia ocupa un espacio central el mal funcionamiento de los partidos y cada vez está más extendida la impresión de que la necesaria regeneración de la democracia pasa indefectiblemente por la regeneración previa de los partidos. Por tanto, si bien la democracia asamblearia no parece ser un buen sistema de funcionamiento, tampoco la democracia representativa es ejemplar. En consecuencia, no estaría mal comenzar a introducir en los partidos algunos mecanismos que faciliten la participación directa de los militantes. Quizás así disminuya el creciente foso que los separa de los ciudadanos. Es discutible si la decisión de ERC de proponer votar no al Estatut es conveniente para sus propios intereses y para el de sus potenciales electores. Pero es discutible también que la decisión del PSC de votar afirmativamente el Estatut haya sido conveniente para sus intereses y para el de sus potenciales electores. Uno es un partido asambleario, otro es un partido representativo. ¿Quién se equivoca? ¿Quizás ambos? ¿Unos por un exceso de participación directa, otros por defecto? En todo caso, la participación democrática en los partidos no parece bien resuelta.
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FRANCESC DE CARRERAS, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB

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